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Tierra Nativa
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Del Libro "Obra Poética" del escritor Chileno Julio Molina Núñez (pp. 189-195)
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"Observé ya en mis Notas proemiales que Isaías escribió ese romance [Tierra Nativa] como un medio de aliviar sus pesares y nostalgias:
'La naturaleza es la verdad', dijo en el epígrafe, y después filosofó amargamente y a modo de Prólogo:
'Tener el hombre la pretensión de trazar su destino, es una gran locura: la vida siempre se burla de los hombres'.
No es el caso exponer aquí el argumento. Pero recordemos que Andrés del Campo [protagonista de Tierra Nativa] es el mismo Isaías, sólo que el poeta imaginado tuvo más suerte que el poeta de la realidad.
A propósito de su regreso a Cali, después de haber peregrinado diez años por diferentes regiones, Andrés fue objeto de una afectuosa manifestación de despedida: un almuerzo que los jóvenes artistas chilenos le ofrecieron en la Quinta Normal. Y a la hora de los adioses el festejado 'de cada amigo se despidió como de un hermano'.
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Gamboa, reconocido amigo de Chile, consagra en su libro este sugestivo acápite:
'Ya llevaba Andrés ocho días de navegación desde Valparaíso; había visto cargar y descargar en varios puertos de Chile, cuyas costa áridas y rocallosas, no ofrecen ninguna verde mancha de vegetación, pero guardan en las entrañas riquezas inagotables que el duro trabajo les arranca. Para eso está el pueblo vigoroso que ha impuesto su voluntad a una naturaleza enemiga, en que se ha hecho grande por el hábito de vencer todo género de dificultades. La fuerza se produce en la empresa contra las cosas arduas. Allí donde todo es fácil, los hombres están debiles'.
Ahora, leamos algo del capítulo en que se nos cuenta la llegada de Andrés a Cali:
'Cuando llegó al pie de la subida de Tocotá, eran más de las tres de la tarde.
Se desmontó al pie de una jigua que da sombra al río. El caballo estaba bañado en sudor y la espuma blanqueaba su piel negra y lustrosa; las anchas narices se comprimían y dilataban acesando.
Andrés le acarició las crines húmedas y crespas y le aflojó las cinchas; con lo cual el bruto se sacudió, abriendo la boca enorme como para aspirar toda la frescura que bajaba por el cauce umbrío.
En ese punto se pasa el Dagua por última vez. Es ya un riachuelo cuyo nacimiento está en el nudo de las montañas inmediatas. Sus humildes raudales serpentean entre las piedras lisas y se duermen bajo los carboneros y mayos florecidos. Allí se cree en la fábula del agua que canta.
(...)
Lo que esperaba a Andrés allá arriba! A medida que subía iba pensando en la aventura que casi había olvidado durante la jornada. Volvía a darse cuenta de que no marchaba a lo desconocido, sino que iba aproximándose a donde lo conducía su corazón.
Tuvo una ligera sensación de frío, demasiado sutil para que fuera producida por la frescura perfumada de la selva andina.
De pronto, en una curva del camino, oyó voces varoniles y rumores de caballos; jinetes no vistos aún se acercaban a él. Se estremeció con aquella emoción que precede a los sucesos inminentes. Abrió los ojos desmesurados y vió desembocar los jinetes en una vuelta.
-Aquí viene! Aquí viene!- clamaron voces en el grupo.
Y luego, un solo nudo de abrazos desde los caballos y rumor confuso de los que se vuelven a ver. Fué después del abrazo ciego cuando Andrés llegó al reconocimiento de los que habían ido a su encuentro.
¡Oh, cómo estaban cambiados sus hermanos y amigos! Cómo estaría cambiado él?
¿Aquel hombre fornido y arrogante era su hermano Eleázar? ¿Aquel joven alto y de bigote naciente, era el menor, Nelo, a quien Andrés había dejado niño? Si se hubieran encontrado en algún camino del mundo, tal vez habrían hablado como extraños, sin reconocerse. Andrés comprendió la noción del tiempo y de la vida.
Subió la alegre cabalgata, hablando todos, disputándose cada uno el lado de Andrés. Apenas había tenido tiempo de preguntar en voz baja a Nelo, por las dos que lo estaban esperando.
Parecía que la tarde se había apagado por completo; pero ya cerca de la cumbre doraba el sol las altas copas de los árboles no invadidos aún por la marea negra de la sombra. Estaba próximo el alto de las Cruces. El corazón de Andrés latía fuertemente. Y de súbito, como una decoración inmensa, el valle del Cauca apareció con toda su majestad maravillosa, deslumbradora, incomparable.
Ya se habrá observado que la familia de Andrés es la misma familia de Isaías. Sólo cambian sus nombres: Eleázar y Nelo son sus hermanos Ezequiel y Mateo, y Soledad, es la hermana de nuestro querido poeta.
El resto de la novela está principalmente destinado a los amores de Andrés y Marta, heroína que sin duda no es otra más que aquella encantadora Cecilia, elogiada por el bardo en sus versos de plena juventud.
Se desarrolla el bello idilio caucano, tan hermoso, se me ocurre, como el de Efraín y María; sólo que Andrés realiza su ensueño casándose con Marta.
¡Pobre Isaías!... Su destino fué agonizar en la travesía del océano y bajar a tierra para morir en mitad del camino, sin haber alcanzado a contemplar el velo de su novia como 'una nubecilla blanca envolviendo una rosa', sin haber visto erigirse, bajo su dirección, aquella que iba a ser su casita blanca de Los Cristales...
No me olvides, cuando errante
por el ancho mundo siga;
no me olvides, tierna amiga,
que tu bardo volverá.
Estos versos forman parte de una octavilla real que Gamboa agregó a su composición titulada "Cecilia", composición en la que Marta aparece cantando al piano, deliciosamente.
En la noche de un Sábado, estando reunidos los trabajadores y la servidumbre del predio de Eleázar, todos contentos, aparece Tomás, el joven mayordomo, quien afina su tiple, charranguea y canta un bambuco que él ha compuesto para la maicerita, "la hija de ñor Ramón, que los tiene a todos trastornados".
Este bambuco es así:
Me has metido los ojos
adentro el alma;
mejor me hubieras dao
dos puñaladas
!Maldita suerte!
Desde que me mirastes
no sé qué hacerme.
Tu boca es una fruta
tan colorada
que provoca ser pájaro
pa picarla.
¡Ah fruta buena!
Aunque me envenenara
me la comiera!
(sigue)
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Contribuciones |
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El inventario de obras de ficción que va de Tierra Nativa (1903) de Isaías Gamboa a Viento Seco (1953) de Daniel Caicedo es muy pobre y escaso.
Algo muy explicable si se tiene en cuenta la hegemonía de una cultura de aldea y campanario en la que predominó un romanticismo rezagado, un rígido neoclasicismo y un modernismo discreto regado de mucha escolástica. Este campo intelectual operó cual campana neumática y por eso se explica en buena parte la ausencia de un género moderno por excelencia como la novela.
Darío Henao Restrepo
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Literatura en el Valle:
En el caso de la poesía, sus cultores más prominentes del momento inician la publicación de su obra con una gran preocupación por el paisaje que los circunda, como dones del Creador al que rinden alabanza desde los cánones de la religión católica. Como cantores más representativos de estas calendas podemos señalar a Isaías Gamboa, autor también de la novela La Tierra Nativa, a Mario Carvajal y a Antonio Llanos.
Omar Ortiz Forero
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Cali-grafías. La ciudad letrada
Jorge Isaacs escribió María, la primera novela romántica de América, mientras que Eustaquio Palacios escribió El alférez Real.
Si bien ambas obras describen el paisaje de la hacienda vallecaucana, sus páginas marcan el comienzo de la ficción literaria en la ciudad. Luego, en el tránsito finisecular entre los siglos XIX y XX, vendrá la obra poética y narrativa de Isaías Gamboa, quien pasará a la historia de la literatura de Cali con su novela La Tierra Nativa.
Cali-grafías. La ciudad letrada Compiladores: Fabio Martínez y Hernando Urriago.
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